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El poder de Uno y la Cultura como fuente de riqueza.

Por Iván de la Montaña

La cultura es como el código genético de las sociedades y nosotros, lo individuos, somos sus genes, unidades funcionales con información específica capaces de elevar los estados de la colectividad o de traer enfermedad a todo un sistema.  La tendencia de los gobiernos a priorizar los asuntos económicos sobre los culturales es como inscribir en la universidad a un recién nacido, es decir, pretender que el ordenamiento y responsabilidad sobre la vida, se de antes de que las sociedades den sus primeros pasos.  Hace falta aprender a caminar, hace falta tener una idea de hacia donde se dirigen los caminos del ser humano como individuo o sociedad para establecer las formas y maneras de dar esos pasos.  Ese aprendizaje básico, esa brújula de los destinos se hereda en la cultura y, la “tradición occidental”, únicamente nos ha heredado la necesidad de dinero y la ostentación de los bienes, pretensiones demasiado pobres teniendo en cuenta el infinito potencial del espíritu humano.

La cultura, como la mayor parte de los términos sobre los cuales se estructuran doctrinas y leyes, es algo indefinido y, por lo mismo, resulta útil para enaltecer muchos discursos o degradar los ideales de otros.  A la hora de ganar seguidores la palabra cultura remueve en los sentimientos de los pueblos y desata el movimiento de muchas acciones pero al momento de repartir los bienes la cultura parece trabajo solo para los más románticos y los menos valorados de la sociedad.  Sin embargo y respetando las buenas intenciones de todos, tal tendencia no resulta siempre de las codicias particulares, sino generalmente de la ignorancia sobre el papel de la cultura en el desarrollo humano.  Revisemos entonces los conceptos fundamentales de “poder”, “cultura”, “riqueza” e “individuo” para expresar el objeto de este artículo que pretende darle valor a las manifestaciones culturales y encontrar en ellas la realización de los individuos, realización en la cual se encuentra simultáneamente su poder y riqueza.

De textos y tratados podemos encontrar de la cultura muchísimas explicaciones pero como es costumbre en este espacio donde lo espontáneo tiene cabida se presenta un acercamiento a “la cultura” que probablemente sacará de tono a los más académicos pero presentará un idea asimilable para quienes tengan la paciencia de observar su entorno.  Se propone entonces que cultura es la manifestación del saber colectivo, el conjunto de acciones comunes a la mayor parte de los individuos de una sociedad, es decir aquellos actos que un visitante cualquiera, puede recordar como característicos de un grupo de personas.  A pesar de la variedad religiosa, la cultura colombiana, por ejemplo, tiene características que un extranjero puede guardar como exclusivas de este país, la amabilidad de la gente, la perspicacia y suspicacia en los negocios, la inteligencia del humor, la creatividad y  habilidad para “rebuscar” el dinero.  De otro lado, parece “cultural” en los colombianos (es decir, característico de la mayoría)”, la dificultad para trabajar en equipo, la resignación ante las imposiciones del estado y los poderosos y, en contraparte a su facilidad para el “rebusque”, la dificultad para concebir y ejecutar proyectos a muy largo plazo.

En la medida en que concentramos nuestra mirada sobre áreas más reducidas, los rasgos culturales se hacen más evidentes, de ahí que costeños, paisas, indígenas, afrodescendientes, altiplanos o sureños, posean rasgos culturales que caracterizan los respectivos grupos pero que, a pesar de colombianos, los diferencian y culturalmente se muestran distintos.  Así pues, arte, lenguaje, alimento, no como objetos sino como acciones comunes, dan  los rasgos culturales a pesar de la diversidad filosófica y religiosa de los individuos.  En algunos momentos de la geografía y el tiempo, religión y cultura caminaron de la mano pero es ahora cultural, característico de la humanidad, no tener una religión definida, cambiar de religión o simplemente no tenerla.  Es común, sin embargo, la búsqueda de riqueza, la devaluación de lo vivo y la idea del confort como medida del éxito.  En ese sentido, se puede hablar entonces de una “cultura global”  posible ahora por Internet y las redes de comunicación, donde monjes, sacerdotes, lamas, ermitaños, profesores y niños, médicos y asesinos, administradores y empleados, empresarios y vagabundos, tienen, la mayoría, un teléfono móvil y un correo electrónico, rasgos culturales de nuestros tiempos.  De otro lado encontramos culturas locales donde la relación directa con el entorno, determina el lenguaje, el arte y las costumbres de los individuos, la cultura como esferas concéntricas donde el punto es el individuo, con su visión, costumbres, creencias y acciones personales y donde la idea de “mayoría” o “común”, permite reconocer un rasgo como cultural o no a pesar de los opositores y detractores que tenga una determinada costumbre.

Ahora bien, de dónde nace  la cultura?  o mejor, de dónde nacen las culturas?  La geografía y biología de las regiones, obliga ciertos patrones que por persistentes tienden a crear rasgos culturales.  No se encuentran en el Amazonas, rasgos culturales relacionados con el páramo o la nieve, así como en las montañas el alimento no gira en torno al pescado ni en las playas se hacen canciones sobre el frío.  Los rasgos culturales se proponen entonces, como las acciones que le permiten a las sociedades relacionarse con su entorno.  Por eso la música y el vestido, las habitaciones y las narraciones, el alimento y el cultivo, las jerarquías y las medicinas, las artesanías y los lenguajes, hacen parte de los rasgos culturales de un asentamiento humano, todos ellos  son acciones o procedimientos que a lo largo de la historia, le permiten a ese grupo continuar existiendo en ese punto específico del espacio.  Es así como aparece la tradición, ese compendio de acciones que no necesitan ser probadas sino que efectivamente le han dado vida al grupo en cuestión.  En la tradición y la cultura que esta trae, es donde viene esa herencia genética, esa información para coexistir con el entorno.  En la música y la narrativa, el vestido y las costumbres, están las claves para comprender dónde se vive y las lecciones para ejecutar la coexistencia.  Y es en ese “coexistir” donde aparece la diferencia radical entre la “cultura global” y la “culturas local”.  Recibimos en lo cultural de la primaria, bachillerato, universidad, la información para “sobrevivir” más no la información para “coexistir”.  Vivir en el globo no implica apegos ni raíces, el dinero está en todas partes y no es necesario conservar.  Se consume al límite y se abandona el lugar cuando todo está contaminado, una sola lengua, práctica y sin poesía, sirve para hablar con cualquiera y una cuenta de correo puede revisarse desde cualquier parte.  El sobrevivir, el tomar sin devolver, es la cultura global que ha puesto a prueba los límites de la resistencia del planeta para soportarnos encima.  En cambio coexistir implica compartir, dar y recibir y esa es una cultura que, ya perdida para la mayoría, implica relacionarse con el entorno, sacrificar el confort a cambio de la armonía, entender, como lo dice Andrés Alzate, “que lo mejor de las cosas buenas no está en disfrutarlas sino en compartirlas”.    Ya se intuye entonces la riqueza que la tradición le brinda a los pueblos y el increíble beneficio que una cultura bien arraiga le facilita a las comunidades pero es necesario revisar el poder del individuo sobre la cultura y el concepto de riqueza antes de iluminar la idea propuesta en el título de este artículo.

El ADN es un conjunto de millones de genes que por su complementariedad y unidad, posee la información y capacidad de acción necesaria para crear un individuo.  Es un conjunto de ordenes, mandatos o “tradiciones” que al ser ejecutadas tienen la capacidad de darle continuidad a estructuras tan complejas como los seres vivos.  El ADN es la cultura del ser viviente, es ese conjunto de acciones que le permiten coexistir con el entorno y que por exitosas, se transmiten, como herencia o tradición a las generaciones siguientes.  Los genes son entonces unidades de información y acción relativa a esa información.  Existe un gen para cada cosa, hay genes que hacen piel, otros hueso, otros neurona, hay genes que destruyen y renueva, hay genes  para respirar, digerir, defecar, guardar y procrear, para consumir o descansar.  Cada característica, estructural o actitudinal de los seres vivos, tiene en lo profundo de su existencia, un gen con la información y potencial de acción necesarios para desencadenar, expresar o realizar.  Por ello se plantea a los individuos como genes de las sociedades.  Cada persona tiene un oficio y la información para realizarlo, una empresa requiere tanto de administradores como de operarios, se necesitan tanto alimentos como artefactos, hay que transportar y almacenar, distribuir y organizar, conservar  y clasificar, descomponer y desechar.  Todas estas acciones son comunes tanto a las sociedades como a los procesos vitales de los individuos y es el conjunto, variedad y complementariedad de todas ellas lo que permite el desarrollo de esa fantasía que es la vida y son ellas las que precisamente hacen la cultura, las acciones, no lo que se cree o se piensa, no lo que se promete ni supone, no lo que se cuenta o se presume, sino lo que se hace y en ese sentido, nuestras acciones, individuales o grupales, son el origen de los fenómenos culturales.  Claro está que cada acción tiene una relación con el entorno, construir no implica los mismos saberes en la playa que en el páramo, cocinar no es igual para los ribereños que para los montañeses, cultivar es un arte diferente para los llaneros y los amazónicos, todo esto para decir que es el conjunto de haceres el que determina la cultura y no los saberes en sí como fenómenos aislados.  Un gen es importante mientras tiene cabida en la cadena genética, así como un buscador de pozos es muy apreciado en el desierto mas no en las montañas.  Así pues, como un código genético, la cultura tiene sentido como conjunto armonioso y no como una simple colección desordenada de grandes ideas.

Vale la pena aclarar que el gen no es una unidad estática; el gen, como entidad motora es también entidad receptora.  Cuando el entorno cambia, el primero en darse cuenta es el gen.  Cuando nos sentimos enfermos, hace mucho rato que el cuerpo y sus células han reaccionado ante los problemas, así mismo, la necesidad de una medicina o una baja en los cultivos, la notan primero el chaman y el campesino, antes que la sociedad y el resto de los individuos.  Dependiendo de la agresividad o drasticidad de los cambios, es el gen quien realiza las primeras acciones al respecto y “muta” para enfrentar los cambios hasta producir una reacción en cadena que afecte todo el resto de la estructura.  Cuando se presenta una variación constante en el ambiente, la reacción de los genes se “populariza”, se convierte en cultura y a lo larga en tradición.

La imagen viene de este blog http://ainathin.blogspot.com/ pero desconocemos al artista

Afortunadamente, dentro del ADN, hay también genes dotados para registrar y percibir los efectos de un determinado cambio,  estos genes de la memoria, difunden y reparten la información necesaria para evitar los malos pasos y perdurar los exitosos.  La reacción de estos genes de la memoria (quienes finalmente también reacciónan ante el cambio del entorno) puede no ser suficiente para evitar tragedias pero el caso es que en la similitud con las comunidades humanas, estos genes de la memoria, del registro y la difusión, son los artistas, unidades encargadas de sentir todo lo que pasa y expresarlo no con explicaciones complicadas sino con mensajes cortos, con lenguajes simbólicos asimilables por cualquiera cuyo propósito es tanto recordar, como advertir y promover formas de hacer las cosas.  Por eso la tradición se narra, por eso el músico y el bardo (o el político quien no es más que otro artista de la palabra), que guardan y registran en la simplicidad y expresividad de su arte, los aprendizajes recibidos por los otros genes.  En este caso, la perversión del artista se encuentra cuando deja de ser el canal del ambiente para imponer sus deseos personales.    En todo caso, lo importante es notar que el poder del gen o el individuo, radica en su acción y reacción;  no depende de que todos los demás genes se pongan de acuerdo para realizar las transformaciones,  al contrario, el cambio espontáneo y particular es el que puede desencadenar el cambio en los demás.  Marchar por la paz suele acabar con la paz de otros que no quieren marchar.  Bloquear una calle para pedir libertad es como tumbar un árbol para protestar por la deforestación, esperar a que un dirigente promueva el cambio de un estado o región, es esperar a que una sola neurona determine todos los procesos de un cuerpo y de alguna forma es una esperanza llena de confort pues nos quita la obligación y responsabilidad de ejecutar el cambio con nuestras propias manos.   Cuando un dirigente logra guiar los destinos de un país, no es porque de sus ideas provengan los cambios sino porque de los cambios provienen sus ideas y a veces un solo personaje, logra percibir, expresar y transmitir, las acciones de toda una sociedad y en ese caso, aquel dirigente, se vuelve un promotor de cultura, un impulsador de acciones y tradiciones que de una u otra forma marcan el destino de su pueblo.  En fin, paz, libertad, salud, riqueza, jamás vendrán de los estados vistos como un pirámide que nace de arriba,  estos estados se construyen desde el individuo y de su acción vendrá la reacción del resto.  Es por ello que promover la cultura, el arte y la tradición es imperativo sobre la economía y la ciencia pues las dos últimas dependen de las primeras.  De manera que la verdadera democracia, el gobierno del pueblo y para el el pueblo, del individuo sobre si mismo dentro de un marco de tradición y acción que lo hacen pertenecer al conjunto no como masa sino como complemento, no se practica con el pequeño acto de poner una equis en un papel sino que se practica con el día a día y con el perfeccionamiento de nuestros actos.  Se critica, por ejemplo, la corrupción de nuestro estado y se hace tradicional seguir las franjas de radio o periódico que despotrican de los corruptos, pero son pocos los que se oponen a recibir empleo por palanca o los que se niegan a negociar directamente con el policía de tránsito para evitar la multa.  Solo en la medida en que las personas, los individuos, los genes, reaccionen y produzcan el cambio dentro de si, se puede esperar una “evolución” de la sociedad.  Si la mayoría de los colombianos, si la característica común, si el acto compartido es pasar por debajo de las cuerdas, la cultura colombiana va permanecer con el rasgo cultural de la corrupción.

Pero ese pasar por debajo de las cuerdas es la reacción de los genes a lo que impone la “cultura global” en cuanto a sobrevivir, una cultura cuya tradición se difunde por los medios de comunicación y secciones de farándula, que proponen tener y tener pero no enseñan ni difunden estrategias para ser rico, excepto las estrategias que, muy abudantemente, muestran las novelas y las miles de noticias que enaltecen y hablan más del delincuente que del sabio o el estudioso.  Al rededor del fuego, los pueblos nativos narraban sus proezas, enseñanzas y relaciones con el entorno y los niños crecían con sentimientos de heroísmo, amor a la familia y amor a la naturaleza.  La “cultura global”, al rededor de la pantalla, ha vuelto tradicional sentarse tres veces al día a ver noticias, masacres, engaños, crímenes pasionales, levantamientos, incursiones, corrupciones y  piratería.  ¿QUÉ OTRA COSA PUEDE APRENDER LA GENTE?. Las noticias se han convertido en el más tradicional de nuestros actos y por lo tanto en la más cultural de nuestras representaciones.    Pero, que las noticias dejen de mostrar desgracias no depende de recoger firmas para el ministerio de comunicaciones, depende de que nosotros, los genes, las unidades de cambio, apaguemos el televisor y levantemos la mirada hacia el firmamento, de que no hagamos ese rito de almorzar frente a la pantalla sino que levantemos la cuchara con nuestras familias o amigos y dialoguemos en familia sobre las experiencias del días y los aprendizajes para el siguiente.

De todo lo anterior se de desprende entonces la necesidad de promover el arte y las “culturas locales”, en ellas se encuentra la información para ese “aprender a caminar” de las sociedades, para ese “coexistir” con el lugar que habitamos.

Tenemos entonces a la cultura como la manifestación del saber colectivo y al individuo como la unidad de reacción y cambio; falta proponer a la riqueza como la abundancia de bienestar, con lo cual es fácil apartar el dinero de su papel protagónico en la riqueza pues también resulta sencillo mostrar, en un país como Colombia, que puede haber muchísimo dinero y recursos naturales y relativamente poco bienestar.  Con todo “La Cultura como Fuente de Riqueza”, es una frase que propone buscar en las tradiciones y culturas locales, la información que permite llegar a estados de abundante bienestar.  Normalmente despreciadas por los pragmáticos, los usos, rituales, ceremonias, lenguajes y artefactos con los cuales los pueblos nativos alcanzaban valiosos estados de bienestar, encierran en su símbolos ese código genético que les ha permitido adaptarse y coexistir felizmente con su entorno.  Además de ello y teniendo en cuenta que las “condiciones ambientales” que son ya bastante diferentes en comparación con las de otros tiempos, el llamado no es solo a estudiar y promover las culturas ancestrales sino también las expresiones artísticas nacientes en las cuales se encuentra la voz de esos genes para la percepción y difusión que son los artistas.  Pero ese llamado no se hace a las instituciones ni a los gobiernos, se hace a las personas, a los genes.  El mundo nos desboca hacia vacíos profundos donde la salud, la risa, el tiempo en familia, el descanso y la buena comida parecen objetos de lujo asequibles solo con bastante dinero, pero la propuesta de “La Cultura como Fuente de Riqueza” lo que espera es invitar a llenar esos vacíos con las respuestas y propuestas que las expresiones culturales entregan constantemente, colonos y nativos Colombianos, caribeños y africanos, hindúes, chinos, mayas y  árabes, también los raperos de bus, los bailarines callejeros, los poetas de barrio, los artesanos en el parque, graffiteros nocturnos y guitarristas noctámbulos,  perciben y transmiten con su arte la necesidad de un cambio, en sus símbolos capturan los sentimientos de su espacio y los transmiten para que reflexionemos y le demos fuerza, dirección y camino al poder más grande que es el poder de nuestros actos, el Poder de Uno.

Así pues, “El Poder de Uno”, está en hacer algo.  Arte, en su concepción más extensa, es el proceso para llegar a algo y en ese sentido, cada gen, cada individuo tiene un arte, arte  con la cual se hace parte de un todo y a través de la cual percibe y expresa los cambios.  Así como alimentarse y dormir parten de una necesidad profunda que al ser satisfecha en la medida apropiada permite continuar viviendo, así mismo, fabricar, diseñar, cultivar, estudiar o cualquier acción, tienen una raíz profunda en las necesidades de un individuo.  A través de esa necesidad interior y posterior satisfacción, la naturaleza le expresa a cada ser aquello que debe hacer para permanecer con vida.  La necesidad de hacer música, la necesidad de escribir, de sanar, de investigar, le dan la clave al músico, al escritor, al médico o al investigados para encontrar su poder como gen transformador de la sociedad.   Realizarnos y ser felices, no solamente parece ser la búsqueda más común sino la forma más efectiva de contribuir con el mejoramiento de todo, de manera que El Poder de Uno, además de hacer algo, es hacer lo que nos haga felices también teniendo en cuenta que la felicidad, así como el código genético, es un asunto de armonía en el cual la complementariedad y el respeto por el papel de los otros, permite hacernos parte de un todo.

Se cita como ejemplo, una visión muy personal sobre algunas comunidades indígenas colombianas,  pueblos propios de este territorio desde antes de la invasión occidental.  Su cultura les permitía vivir en abundancia de medicina, alimento, recreación y futuro.  Sin tecnología electrónica, sin calles pavimentadas ni baños de losa, ni spas, ni parques temáticos, cines o centros comerciales, la tradición de éstos pueblos habla de la “riqueza” de los tiempos pasados, de la plenitud y sabiduría de los ancestros y su relación con la naturaleza, hablan de la belleza y esplendor de los bosques, de la elegancia de animales desplazados o extintos como venados y jaguares, en fin, del bienestar sin medida que acompañaba sus días. Contaba un Taita Camëntsá del valle del Sibundoy en Putumayo que el bienestar era tan abundante que el nativo dedicó sus días, “no a trabajar, sino a conservar”;  es decir que la constante búsqueda de riqueza del mundo occidental representa un atraso en comparación con ese “conservar la riqueza” de los pueblos nativos.

Para viajar desde el  Resguardo Unificado Embera Chamí en Mistrató – Risaralda hasta la población más próxima, los indígenas, impregnados por la cultura global, se ven humillados por el estado, (quien teóricamente los protege y apoya) en el sentido de que desplazarse hasta el casco urbano más próximo, les implica 3 o 4 horas de esfuerzo físico en un jeep que, diseñado para transportar máximo 2o personas, suele cargar hasta 45, cada uno con sus respectivos mercados y sometidos al sol o la lluvia del día, realidad que podía dignificarse un poco asignando una ruta más al día y no las dos que están permitidas.  Sin embargo, la escasez de comodidad parte de la pérdida de cultura o aculturación del pueblo indígena, pues de tener todo lo necesario en su territorio ancestral, ahora tienen necesidades que los obliga a ese trajín inhumano que les refuerza las ganas de conseguir dinero y salir de un lugar tan alejado.  Aún así también se presenta la contraparte, el gen que reacciona y hace para adaptarse a las condiciones del ambiente.  Baltazar, un agricultor vecino de la misma zona en Mistrató, es una persona de amabilidad incalculable que ve en su tierra el paraíso.  A pesar de las muchas balas que silbaron entre sus cañaduzales, ha construido un espacio a su medida donde una relación, diríase romántica, con sus cultivos de caña, le ha permitido llegar a ese estado tan escaso pero evolucionado de los humanos, en el que la expectativa de servir y hacer felices a otros, representa el propio regocijo.  Muchas cosas podrían decirse sobre Baltazar y su tierra, pero la imagen de su sonrisa mientras levanta peces con las manos como muestra de su amorosa relación con la naturaleza, es suficiente argumento para decir que el Poder de Uno, está en las manos y que la riqueza no debería contarse por números en un banco sino por sonrisas.

Baltazar pescando con las manosSeguramente no es el primero, se tiene la esperanza de que otros genes como Baltazar, comiencen a desarrollar la “Cultura del servicio” y con ellos empiece esa mutación de la humanidad hacia una riqueza sin medida en la cual la mayoría sientan la necesidad de dar antes que recibir, en la cual las tradiciones hagan poemas y melodías donde se cuente que “lo mejor de las cosas buenas no está en disfrutarlas sino en compartirlas” y que la alegría se encuentra despertando la gratitud de otros.