Para morir

Por Iván de la Montaña

Una persona no es un cuerpo, porque al morir, a pesar de apreciarse el cuerpo, se evidencia la falta de la persona.

Por supuesto que el cuerpo hace parte de la persona, pero el cuerpo es apenas una mano para lo que es una persona.  Una persona es el espacio donde vive, las personas con las intercambia, las costumbres que practica.  Cada cosa que hacemos, deja pequeñas huellas en todo lo que existe, como si fuéramos un lápiz y la vida, la tinta que se desgasta en su recorrido por el universo de papel.  Por eso mismo, cuando una persona muere, cuando su cuerpo se ha consumido por el dibujar de muchos caminos, cuando la tinta se acaba, cuando el lápiz se consume, no hay que buscar a la persona en la materia maltrecha que lo contenía sino en el dibujo de lo que ha escrito, queda en las huellas de sus actos, queda en el rostro de los que vivieron a su lado.  Así, cada momento que se usa para mirar el cuerpo, es tiempo que se pierde para disfrutar de la persona, para sentir aquellas huellas que nos han marcado, para entender con que dirección nos empujaban sus actos.

Las personas nunca se van, se va el cuerpo y se va la memoria, pero queda la historia.

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